Marzo 2019 – Zalamero

  • Cena en Zalamero. Narváez, 67; Madrid
  • Miércoles, 6 de marzo de 2019
  • Asistentes: Turi, Iker, Pepe, Alberto, Joseba, Gumi, Txomin, Orio.
  • Ausentes: Angulo, Jose, Paulino, Chino, Juan, Iñigo y Juanle.
  • Redactor del acta: Oriozalamero_portada

Tras un intento de organizar un menú, resultó que la propuesta no fue suficientemente atractiva y pedimos sobre la marcha los platos más representativos (algunos de ellos en el menú propuesto) y los que más nos apetecieron. Así, conseguimos una mayor variedad a probar y, sorprendentemente si se considera el objetivo que persigue el menú concertado, mejor precio. Esto fue lo que comimos:

Antes de comenzar, a modo de APERITIVO nos sirvieron un aceite armonizado, navarro, de alta calidad y hay que suponer que la armonía a la que se hacía referencia es a un trío de sales: de pimentón, del Himalaya y maldon. También unos vasitos de lentejas que cada quien consumió a su ritmo, ninguno despacio.

Como solemos, compartimos distintos ENTRANTES, algunos de ellos los más típicos y celebrados en esta taberna, los siguientes:

Croquetas de pollo asado, con efectivamente, un sabor infrecuente en croquetas, textura muy cremosa y un buen rebozado de panko. Celebradas.

Ensaladilla con ventresca, muy buena.

Rejos con wasabi y mayonesa de pimentón, fritos en su punto y salsas muy adecuadas. Muy bien preparados, tal vez el que más unanimidad consiguió en apreciaciones positivas.

Boquerones crujientes al limón, una rara preparación de boquerones abiertos y macerados cubiertos por un polvo como de rebozado, hecho por separado y depositado en montañita sobre cada mariposa de anchoa; este plato consiguió detractores claros y entusiastas sólidos.

Tortilla de patatas esparragada, cuajada en la sartén por un solo lado y con la parte no frita, digámoslo así, a la vista del comensal, decorada con puntas de espárragos trigueros.

Para concluir de forma sólida y consistente, como PRINCIPAL también compartido, pedimos y repetimos unos cortes de centro de lomo de vaca rubia gallega con guarnición de patatas y piparras, especialidad de la casa, que resultaron muy sabrosos y en su punto.

Para terminar los POSTRES. Siguiendo la costumbre de paladares tan aficionados a lo dulce, respondimos pidiendo cuatro de los cinco que se nos ofrecieron, dos raciones de cada. Dejamos fuera solo el coulant de chocolate, seguramente no por sospechar que estuviera malo sino por lo poco sorprendente que resulta ya encontrarlo hasta en los menús de polígono industrial. Fueron estos:

Milhojas, como suelen ser los milhojas.

Torrija de brioche, claro, ya no puede ser que la torrija no sea de brioche, como si eso hiciera que fuera mejor que la preparada con un buen pan viejo.

Tarta de queso azul, repito, dijo el maitre, de queso azul. Algo de alharaca excesiva para una tarta con poco sabor azul y de textura un tanto apelmazada.

Mousse de limón con tierra de chocolates, como suelen las mouses, y con un poco de gravilla de galletas rotas, que es a lo que se ha dado en llamar tierra entre restauradores avezados y que en el próximo congreso de restaurantes de polígono industrial y de carretera se analizará si conviene servir a la vez que el coulant de chocolate. En esta ocasión fuimos sorprendidos porque la tierra estaba, en lugar de debajo del alimento, como es preceptivo y la semántica parece indicar, con una arriesgada innovación: espolvoreada por encima.

Y cafés. Nada de copas.

Todo lo anterior habría sido imposible sin la ayuda del VINO, del VINO. Pyjama Godello, de la bodega berciana Demencia de Autor, que ha demostrado imaginación al meter en el nombre la coletilla de autor, hay que suponer que para que así no haya decirlo cada vez que se mencione uno de sus vinos. Acidez agradable y un poco de seda al pasar desde la copa a la boca.  Dos botellas cayeron. Y otras dos de Prados Colección, syrah 2016, de la bodega Altos de Moncayo, de lo más representativo de Campo de Borja. No elegimos garnacha, para salirnos así de lo habitual en la zona y correr un riesgo, aunque pequeño. Oscuro como un cuervo y con los mismos reflejos azulados que sus plumas dependiendo de cómo se mirara. Como suele ser habitual en la bodega, con otros hermanos mayores, buen vino. Nos sorprendió mucho y tomamos nota.

A las 21:30 era la cita y los que fueron llegando antes tomaron unas cañas previas en el bar de al lado, pequeño y vecinal, llamado Gloria Bendita. Allí se juntaron Gumi, Joseba, Alberto, Txomin, Turi y Orio. Los guatnais, hay que entender que vienen desde lugares remotos y hay que agradecerles el esfuerzo de tan largo viaje para acompañarnos, llegaron directamente a la mesa donde cenábamos.

En el restaurante nos sentaron en una mesa grande, cómoda y bien situada al fondo del local. Zalamero Taberna es un local de reciente apertura, que no ha dejado de recibir buenas críticas y fue, de hecho, ganador de los XVI Premios Gastronómicos de Metrópoli, en la categoría Bar de Tapas o Enoteca. Quien esto escribe, por primera vez, a la luz de tales evaluaciones y críticas, reforzadas por comentarios de algún amigo de buen paladar y larga experiencia, decidió organizar allí la cena sin haberlo probado antes. Todo estuvo muy bien, tienen en efecto una buena oferta de vino, pero los platos de Zalamero no consiguieron despertar ningún asterisco.

Todo lo relatado nos costó 356,60 euros.

Mientras discurrían los platos hablamos de todo y reímos, sobre todo reímos.  

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